26 junio, 2010

De la estupidez humana


La estupidez humana se calibra en los hechos trágicos que ocurren en esta sociedad.

Navegando por internet, donde lo que no se encuentre no existe, leo: "Trece muetos en tres accidentes ferroviarios". Lo pimero que se le pasa a uno por la mente es: "Joder, la ecatombe". Como está el servicio y la renfe de huelga.

Luego indagas un poquito y resulta que en dos de los accidentes hay un solo muerto y es en el tercero donde la tragedia se ceba con el ciudadano de a pie. Ese es el primer signo de estupidez.

Bueno, al menos uno de ellos si que parece serio. ¿Será un conductor psicópata o borracho que se le ha ido la pinza y a arramblado con todo lo que se le ponía a tiro? Parece que no. El conductor da negativo en la prueba de alcoholemia y en estos momento está destrozado por lo ocurrido.

¿Entonces que ha pasado? Indagamos un poco más y descubrimos que la tragedia ocurre en un apeadero de Casteldefells donde la gente que acababa de llegar para celebrar la noche de San Juan se encuentra el paso elevado cerrado y decide cruzar por la vía. Mala suerte entonces y culpa de las autoridades. Segundo signo de estupidez. Resulta que había un paso subterraneo. ¿Cerrado también? No, abierto como una prostituta en en las cercanías del Camp Nou en día de partido.

¿Entonces que pasó? Se puso de manifiento la propia estupidez humana en toda su gloria. En vista que el paso subterrananeo andaba un poco colapsado por la magnitud de personas que por allí transitaban unos cuantos. bastantes, iluminados y en actitud borreguil, seguramente propiciada por un pionero, en lugar de esperar pacientemente y pasar por seguridad por el sitio indicado decide cruzar una vía por la que pasa un tren a 160 km/hora (que necesita entre 1 y 1,5 km para frenar a esas velocidades desde que inicia la maniobra)

Testigos presenciales del hecho y que se vieron implicados en el mismo con resultados nada trágicos se preguntan por qué el tren no paró y culpan al otro tren (en el que llegaron al apeadero) de irse antes del que pasó llevándose por delante a estos estúpidos y que les dio paso libre a cruzar cual lemmings. Otro signo más de esta estupidez humana que cubre el planeta y en especial este trozo de tierra que algunos llaman España.

25 junio, 2010

El precio del conocimiento


Rodrigo era insultantemente joven. Acababa de terminar la carrera universitaria en un a de las mejores universidades del país a curso por año. Tuvo la suerte, o eso a él le parecía, de entrar a trabajar en una de las más conocidas multinacionales del país en el sector. No ganaba mucho pero lo que dejaba de percibir en metálico lo recibía en conocimientos. Eso es lo que le contaron en aquella entrevista y se lo creyó a pies juntillas.


Un día fue a la panadería del barrio, la de toda la vida, y le pidió a doña Encarna una barra de pan. Doña Encarna que llevaba toda la vida dedicandose al ilustre negocio familiar del amasado de pan era una señora de avanzada edad con bastante don de gentes y con una simpatía que había cruzado los límites del barrio, y se podría decir de la ciudad, que hacían de aquel humilde establecimiento un lugar obligado de paso.


Aquel día Rodrigo andaba algo excaso de fondos y como tenía en la cabeza aquella equivalencia de dinero con conocimiento le comentó a la señora Encarna:


- doña Encarna, hoy ando algo justo de caudales pero en pago de esta hermosa barra de pan que usted me ofrece le puedo dar en pago lo que he aprendido hoy en mi trabajo.


Doña Encarna, que era perra vieja y se las sabía todas, le contestó al joven:


- Rodriguín guapo, te conozco desde que eras un renacuajo. No te puedo dar la barra de pan a cambio de tus conocimientos en mecánica cuántica, que de nada me van a servir en mi labor diaria, pero sí que te voy a regalar nuevos conocimientos, que al parecer en tanto estimas y que de verdad de pueden ser útiles.


Redrigo con cara de perplejidad puso su mayor antención en aquella anciana y escuchó como si nunca hubiera escuchado algo semejante en su vida las siguientes palabras:


- Lo único que tienes que conocer en esta vida es que el mundo se mueve al son del dinero, para aprender están las escuelas y las universidades y si esa enseñanza no te la han suministrado en tu trabajo buscate otro porque nada te pueden enseñar más allí y ten por seguro que están abusando de tu ingenuidad. Y lo demás son milongas de neo-liberales.

Rodrigo salió de aquella panadería sin pan pero con la lección aprendida.

17 junio, 2010

Viaje de ida

"Cuando subió a aquel tren iba nervioso. Hacía meses que la había conocido en internet y desde entonces todo su mundo giraba en torno a ella.


Por eso aquella mañana fue hasta la estación y compró un billete sólo de ida con dirección a su futuro.


Durante el trayecto hacía planes. A sus dieciocho años pensaba que se comería en mundo junto a ella.


Al llegar a su destino debía estar esperándolo, pero por más que buscó a su alrededor no la vio. Mientras pensaba como volver a casa comprendió que había madurado de golpe."



Relato con el que participé en el IV Certamen de relatos breves de Cercanías Madrid RENFE y con el que me he vuelto a llevar un chasco.

09 junio, 2010

Microrrelato. Jurados.

Llegado el momento de la verdad los miembros del jurado se vieron abrumados y lanzaron los relatos al aire.El destino quiso que 60 justos cayeran en la mesa.

157 caracteres que resumen la lectura del libro publicado con los "mejores 60 relatos" y descubrir que ninguno de los mios está entre ellos.

08 junio, 2010

Damnâtiô (XXVIII)

En ese momento entró el comisario Marquinez. Ya no tenía sentido mantener el secreto. Había llegado el momento de desvelar la existencia del códice y su contenido oculto.


“Miguel de Cervantes Saavedra, 8 de junio de 1599, condenado a morir en la hoguera por herejía, condena aplicada en la fecha indicada sin incidentes”


De ser cierto lo que allí se indicaba el mayor autor español de todos los tiempos no podía ser el autor de El Quijote. Las fechas no cuadraban. Las muertes producidas en esos días parecía confirmar la veracidad de los hechos. La opinión pública tenía que conocer la verdad.


Marquinez escuchaba impasible a Alberto. Cuando acabó el relato sacó su arma reglamentaria y sin pestañear descargó el cargador sobre el arqueólogo. El secreto estaba a salvo. Así lo quería la organización.

(Fin)

El relato completo en un bonito pdf aquí.

04 junio, 2010

Damnâtiô (XXVII)

En ese momento la mente de Alberto se nubló. A su cabeza le vinieron a modo de fotogramas de película los acontecimientos de los últimos días.


El descubrimiento del habitáculo y su contenido, el cadáver de Salvatore en su bañera, la pintada del espejo, la mirada triste de Elena en el bar del Altozano, el cajón con el legajo y la pistola, la ambulancia alejándose con el cuerpo de Elena.


La pistola. Recordó que la seguía llevando en la mochila. El siempre había sido una persona pacífica pero en esos momentos no era el mismo.


Sacó el arma y ante la sorpresa de sus no invitados dos disparos sonaron al tiempo que todo se les volvía oscuridad y caían desplomados al suelo de la habitación.

(Continuará...)

03 junio, 2010

Damnâtiô (XXVI)

Se presentaron como Alvaro y Amancio, miembros del Instituto por la Conservación de la Literatura Española. Amancio actuaba de portavoz mientras que Alvaro se limitaba a asentir.


Dijeron que estaban allí en nombre de su grupo para impedir que saliera a la luz pública el contenido de aquellos papeles y su secreto, que por la expresión que tenía Alberto intuían que ya había descubierto.


Costara lo que costara como bien había podido comprobar por el final que había tenido su amigo el italiano. Lo de la otra había sido un desgraciado accidente dijeron después. De eso ellos no se hacían responsable.


Le invitaron a que les devolviera el Dâmnatiô y que los acompañara. No querían que allí se montara otro espectáculo como el del bloque de la calle Betis de las horas anteriores.

(Continuará...)

02 junio, 2010

Damnâtiô (XXV)

Lo repasó varias veces. De principio a fin. Repetía el contenido para intentar descubrir donde estaba la clave. Nombres, fechas, condenas. No le decían nada. Todo eso le sonaba a Alberto a chino.


La desesperación se apoderaba de él. No encontraba nada que justificara un asesinato. ¿Qué encontraste Salvatore?, se preguntaba en voz alta. ¿Qué?


Y entonces lo vio claro. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Siempre estuvo allí. Ese nombre y esa fecha no podían ser ciertas y de serlo cambiaba la historia de la literatura.


Lanzó un grito de satisfacción en el mismo momento en que dos desconocidos entraban en el despacho con cara de no muy buenos amigos.

(Continuará...)

01 junio, 2010

Damnâtiô (XXIV)

Pensó que en casa no estaría seguro así que se dirigió a la obra. A cada poco se volvía hacia atrás para comprobar que nadie le seguía. Miraba a todo el que se cruzaba en su camino con desconfianza y la presión sobre su mochila no menguaba.


Como no estaba acostumbrado a estos juegos de espionaje no se percató que a poca distancia le seguían dos individuos. Dos individuos que sin haberse dado cuenta habían entrado en su vida y en la de sus difuntos amigos varios días antes.


Llegó al castillo, futuro museo, y se encerró en uno de los improvisados despachos. Se sentó frente a la mesa, sacó el documento, lo puso sobre ella y comenzó a repasarlo con detenimiento.

(Continuará...)