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12 julio, 2010
01 julio, 2010
Tradiciones
El tío Agustín, como lo conocían en aquellos lugares, a sus cerca de noventa años llevaba prácticamente toda su vida rodeado de barro y tornos.
Recordaba con nostalgia aquellos años en que el auge de la cerámica habían convertido la comarca en una de las más florecientes de la provincia e incluso del país.
Ahora la vida allí era muy diferente a aquella. Habrá llegado el agua corriente, la luz y las carreteras y autovías, se decía el tío Agustín, pero la juventud ha marchado a la capital en busca de otro futuro más próspero.
Siempre que le venían estos pensamientos acababa con una lágrima corriéndole por su arrugada mejilla, miraba a su derecha y exclamaba en alto: ¡Quizá no todo esté perdido!
A su lado Joaquín, su nieto, enseñaba a su hijo el noble oficio de ceramista. Era la sexta generación.
Relato participante, pero no finalista, en el I Concurso de microrrelatos de Artesanía Comprimida de la Fundación Mezquita.
Recordaba con nostalgia aquellos años en que el auge de la cerámica habían convertido la comarca en una de las más florecientes de la provincia e incluso del país.
Ahora la vida allí era muy diferente a aquella. Habrá llegado el agua corriente, la luz y las carreteras y autovías, se decía el tío Agustín, pero la juventud ha marchado a la capital en busca de otro futuro más próspero.
Siempre que le venían estos pensamientos acababa con una lágrima corriéndole por su arrugada mejilla, miraba a su derecha y exclamaba en alto: ¡Quizá no todo esté perdido!
A su lado Joaquín, su nieto, enseñaba a su hijo el noble oficio de ceramista. Era la sexta generación.
Relato participante, pero no finalista, en el I Concurso de microrrelatos de Artesanía Comprimida de la Fundación Mezquita.
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